Pedro Juan Caballero - 4 de junio de 2026
el mundo

Inteligencia Artificial: el peligro que ignora la humanidad

Publicado el 16/06/2024

Los seres humanos somos dueños de una curiosidad innata, donde nace la insaciable búsqueda de conocimiento que nos permite influir en nuestro entorno. Pasamos de la revolución cognitiva a la agrícola y de la industrial a la científica. Ahora, la Inteligencia Artificial protagoniza el próximo gran episodio de la histori


Modestia aparte, querido lector, las siguientes líneas no son los desvaríos de un ‘conspiranoico’ adicto al mate, sino de una persona alarmada por los pasos agigantados que está dando la Inteligencia Artificial (IA). Hecha la aclaración, permítame exponer el caso.

DESDE EL AMANECER

La condición humana conlleva mortalidad, vulnerabilidad e incertidumbre; y equipararse a lo divino es lo más parecido a un intento de superar estas limitaciones. ¿Por qué? porque a lo largo de nuestra experiencia buscamos inmortalidad, invulnerabilidad y el conocimiento absoluto, deseos que cobran forma intrínseca en lo que los antiguos denominaron ‘hubris’ (la característica de los humanos de sobreestimar sus propias capacidades y desafiar el orden natural).

Todo emana de la peligrosa combinación de curiosidad, ambición y miedo.

La mitología sumeria habla del rey Gilgamesh, quien protagoniza el poema más antiguo que llegó a nuestros días. Este habría sido una suerte de semidiós que descubrió que la inmortalidad es un privilegio exclusivo de los dioses, mientras que los humanos deben aceptar su destino (la muerte). En la mitología griega, el titán Prometeo desafió al rey de los dioses, Zeus, al robar el fuego (sabiduría/conocimiento) del Monte Olimpo y dárselo a los humanos, otorgándoles la capacidad de crear. También en la mitología griega, Ícaro intentó escapar de la isla de Creta con alas hechas de cera y plumas. A pesar de las advertencias de su padre Dédalo, voló demasiado cerca del Sol, lo que causó que las alas se derritieran y cayera al mar. Por su parte, en la tradición judeocristiana destaca la Torre de Babel, una colosal edificación con la que los humanos intentaron llegar al cielo. Dios frustró sus planes confundiendo su lenguaje, lo que causó que la humanidad se dispersara por la Tierra y el inicio de todos los conflictos.

Estas historias están separadas por una importante diferencia temporal y geográfica, pero reflejan un tema común en muchas culturas: la tensión entre el deseo del poder divino y las advertencias sobre las consecuencias de semejante ambición.

A NUESTRA FORMA Y SEMEJANZA

El saber transformar el mundo es una característica esencialmente nuestra, porque los humanos aspiramos a emular la creatividad divina, así mismo lo confirman las religiones y creencias espirituales que abrazan la promesa de alcanzar un estado divino -o de unión con lo divino- llamando a los fieles a buscar esta forma de existencia superior a través de sus credos.

La investigación científica representa una de las tantas formas en que los humanos intentamos alcanzar capacidades etéreas, como el control sobre la vida y la muerte, la manipulación del entorno natural y la creación de inteligencia, lo que milenios antes solo se atribuían a seres sobrenaturales que todo lo ven y todo lo pueden.

Es así que, en toda esta revolución tecnológica surge un campo de la informática que se centra en la creación de sistemas digitales capaces de realizar tareas que requieren inteligencia humana. Inició con las llamadas Narrow AI (IA débil o ‘estrecha’), cuyo diseño contempla la realización de tareas específicas. Por ejemplo, los asistentes virtuales como Siri o Alexa, que pueden responder a preguntas y realizar cuestiones básicas, o ciertos patrones que aplican el reconocimiento de voz, la toma de decisiones, la traducción de idiomas y la percepción visual, entre otras. Sin embargo, rápidamente se dio el salto hacia el concepto de las General IA (IA fuerte), donde ya se habla de una inteligencia comparable a la humana, con la capacidad de realizar cualquier tarea intelectual que un ser humano pueda.

La General IA supera con creces a la capacidad del ser humano, en todos los aspectos, por lo que su desarrollo ya muta a un tema de debate y especulación, y plantea importantes cuestiones éticas y de seguridad. Es decir, hablamos de inteligencia no humana capaz de aprender y mejorar automáticamente a partir de la experiencia sin ser explícitamente programada (aprendizaje supervisado, no supervisado y por refuerzo). O de las redes neuronales (sistemas computacionales inspirados en el cerebro), que son la base de muchas técnicas modernas de IA, especialmente en el aprendizaje profundo (deep learning).

Sea IA fuerte o débil, son sistemas que cuentan con procesamiento del Lenguaje Natural (NLP); que posibilita a las máquinas entender e interpretar el lenguaje humano, lo que es fundamental para aplicaciones como chatbots y asistentes virtuales. Y/o con visión por computadora (computer vision), porque así las máquinas interpretan y entienden el mundo visual, utilizando imágenes y videos.

ALGO QUE NO COMPRENDEMOS

Pero, ¿Por qué la IA es diferente? Primero, hay que entender y reconocer que la IA es distinta a cualquier otra invención de la historia. La pólvora, la imprenta, la radio, la cuchilla, la heladera, los coches y hasta los misiles, etc., no se accionan por determinación propia. No se ponen a andar sin el factor humano. Y pasa lo contrario con las formas de inteligencia artificial. A diferencia de la pólvora, la rueda, la cuchilla, la imprenta y los misiles, etc., la IA se compone de algoritmos que aprenden de cada movimiento del ser humano, que se nutren de cada duda y que hasta tienen la increíble facultad de predecir el siguiente paso. Para ser más claro: se trata de la primera creación que resta poder al ser humano.

No hablamos de un objeto que actúe solo por la acción directa del hombre, sino de un ente (o como prefieran llamar) con voluntad propia y capaz de procesar toneladas de información en segundos, de incidir en consecuencia (sí, como los humanos).

En palabras del historiador israelí Yuval Noaḥ Harari, la IA “tal vez sea la invención más importante del siglo XXI y quizá de toda nuestra historia”, que entre tantas tiene la posibilidad de “descubrir una nueva línea de medicamentos y de solucionar la crisis ecológica”, pero “también puede acabar con nosotros”.

“Se está normalizando que no haya un ser humano decidiendo por nosotros, sino una IA. Si ves un vídeo en Youtube, no es humano el que decide qué vídeo te va recomendar después, sino un algoritmo. La decisión la toma una IA. Nunca se había visto nada igual. No tenemos ni idea de lo que implica todo esto”, explica en una conferencia que se hizo viral en las redes sociales.

Otro aspecto a tener muy presente con la IA es que puede innovar por su cuenta. Música, textos, imágenes y todo lo que se nos pueda ocurrir. Es decir, se trata de una creación que crea. Así de redundante, así de simple; así de intimidante.

No se puede ir contra los grandes beneficios de la IA. Sí, hablamos de saltos en medicina (tratamientos y longevidad), transporte, explotación y/o generación de fuentes de energía; pero también lo que conlleva; en el plano militar, una carrera armamentista solamente equiparada con lo acaecido tras la aparición de la tecnología nuclear. Con la automatización, la pérdida de empleos en ciertos sectores, solo por citar algunos ejemplos.

IMPREDECIBLE

Vivimos en un mundo donde las decisiones las toman seres sintientes, unos más o menos que otros, pero sintientes al final. La IA es, como decirlo, exógena a la esencia humana. Es ajena a nosotros; lo que la hace impredecible.

A pesar de que nuestras grandes mentes dicen que no será como en los universos distópicos de las películas, la realidad es que avanzamos hacia el momento en que dejamos de entender nuestro propio mundo. Vamos cediendo ante algo desconocido, que crea cosas que no comprendemos.

Planteémoslo de esta manera: dentro 10, 20 o 30 años, con la IA tomando las decisiones financieras, ¿Qué pasaría si se posiciona una nueva divisa creada por la IA? Una divisa que no entendemos, y esta se torna la nueva referencia mundial. Es decir, toda la economía quedaría a merced de lo exógeno.

Puede que, en unos años más, los humanos no cuenten las historias ni pinten los cuadros. Que las grandes obras de arte no nazcan de la inspiración de un ser de carne y hueso. Puede que, en un tiempo más, un complejo rejunte de códigos decida sobre el sistema de defensa de todo un país, sobre la política de alimentos, distribución del agua, tome decisiones tan importantes como si una persona merece o no tratamiento para tal o cual enfermedad, si es rentable para un Gobierno invertir en educación y/o vivienda, en la cantidad de jóvenes que podrán acceder a la universidad, establecer los criterios para el financiamiento de la banca y de los planes sociales, el control de las proyecciones económicas y demográficas, y una amalgama todavía más amplia de aspectos -de lo más básico a lo más crucial- que nos debe de hacer replantear seriamente el rumbo que toma la cuestión.

Insisto, no se trata de ‘demonizar’ a la IA, que llegó para quedarse. Se trata de anticiparse a los escenarios y tomar las medidas para evitar que este hijo incomprendido de la humanidad, que carece de sentimientos y le sobra lógica, tome consciencia de su propia existencia. Hay que hacerlo, debemos tomar y asegurar el control, mientras aún podamos.

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