Pedro Juan Caballero - 22 de junio de 2026
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Don Canuto: El niño que cambió su libertad por la de su padre

Publicado el 22/06/2026

En una casa de Luque, donde el tiempo parece transcurrir más lento, vive don Canuto González a sus 110 años. En su mano izquierda tiene la marca indeleble que le dejó el proyectil de un fusil boliviano. A pesar de esa secuela, esa misma mano manejó la azada, el machete y el rastrillo durante toda su vida de agricultor.


Canuto González, excombatiente de la Guerra del Chaco.

En el marco de la propuesta “Las Últimas Voces del Chaco”, se darán a conocer las historias y testimonios de los soldados que protagonizaron la Guerra del Chaco, rescatando sus vivencias, recuerdos y el camino que forjaron tras el conflicto que marcó la historia del Paraguay.

Cuando los reclutadores tocaron la puerta de su casa en Coronel Martínez, don Canuto González tenía apenas 15 años. Con un hermano ya en el frente de batalla, sus padres se negaron a entregar al más chico, así que lo escondieron. La represalia militar fue inmediata: su padre terminó en un calabozo.

Al tercer día de encierro, Canuto miró a su mamá y tomó una firme decisión: “Me voy al Chaco para que le suelten a papá”. Se presentó y partió al frente de batalla; ese fue el precio para que su progenitor volviera a casa.

El adolescente fue llevado hasta Puerto Casado y, de ahí, a su regimiento en tren. Allí le enseñaron a usar el fusil y técnicas de combate. “Puede faltar la comida, pero no el agua”, era la máxima de supervivencia. Don Canuto recuerda el sabor amargo del jugo de las plantas que debían exprimir cuando tenían sed. A cada soldado se le entregaba una “caramayola” con agua que debía durar cinco días. La comida era lo que más escaseaba; en ese contexto, debían cazar animales silvestres para alimentarse.

Disparo en la mano

Uno de los recuerdos más vivientes de Canuto es el disparo que recibió en la mano cuando un soldado boliviano disparó su fusil. Esto le dejó con una secuela visible hasta hoy. Herido, le trasladaron a Asunción para curarlo; luego, volvió al Chaco a seguir combatiendo.

Después de tres años, don Canuto volvió, pero su hermano mayor no. El momento más doloroso fue cuando lo sepultó en suelo chaqueño bajo una cruz rústica que él mismo talló.

Pero si hay un recuerdo que le devuelve la luz a los ojos, es el del regreso a casa. El veterano relata que su madre estaba en el patio pelando mandioca cuando vio llegar a su hijo sobreviviente. Soltó el cuchillo y la raíz, y corrió a perderse en un abrazo eterno de tres —padre, madre e hijo.

Familia

Con el tiempo, don Canuto se casó y tuvo siete hijos, dos de los cuales ya fallecieron. Toda su vida se dedicó a carpir, la secuela en la mano nunca fue impedimento para agarrar la azada, el rastrillo y el machete e ir a trabajar.

Su esposa falleció hace 36 años. A Canuto lo cuida su hija Mary, quien vive con él. La señora contó que uno de sus hermanos murió hace un año pero que don Canuto no sabe, no le quieren cargar con ese dolor.

Cumpleaños

La fecha en la que Canuto ríe sin parar es el 17 de enero de cada año, día de su cumpleaños. En la casa reciben a los visitantes que van a saludarlo y sus hijas se visten con trajes típicos para bailar la polca 13 Tuyutí. Al verlas, el veterano sonríe, aplaude y sigue el compás de la música, demostrando que la guerra pudo lastimar su cuerpo, pero que jamás le robó el ritmo a su corazón.

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